
Hola, Soy Lolo Vlem. Cocinero, escritor y alguien que cree —profundamente— que la cocina es el lugar donde el vínculo humano encuentra su forma más honesta. Cada domingo escribo esta carta para recordarme, y recordarnos, que compartir alimento es también compartir memoria, territorio y esperanza.
A esta altura del año, cuando el tiempo parece acelerarse y las listas de pendientes crecen solas, me gusta detenerme en aquello que no se anota en ningún papel: los encuentros.

Los verdaderos.
Los que dejan huella.
Por eso vuelvo a la cocina.
Porque la cocina, aun en los días más difíciles, sabe cómo volver a reunirnos.
Esta semana tuvimos un nuevo encuentro del taller de cocina en el CPA. No es el cierre —todavía nos queda el 19 de diciembre, donde haremos pan dulce—, pero ya se siente esa mezcla de cansancio, ternura y expectativa que aparece cuando un año se acerca al final.
Ese día nos tocó el pan.
Y llevé conmigo los libros Pan y Pan Dulce, que dejé de regalo para la biblioteca del Ex Neuro.

Porque los libros también son un modo de quedarse, de acompañar, de seguir hablando cuando uno se va.
Y como siempre, el pan fue la excusa.
La cocina abre una puerta que ninguna otra actividad abre igual: las manos empiezan a trabajar y, sin pedir permiso, algo adentro empieza a moverse.
El pan nos obligó a bajar un cambio.
A hundir las manos.
A respirar con la masa.
A sostenernos unos a otros sin palabras grandilocuentes, solo con presencia.
Vi miradas que se levantaban por primera vez.
Sonrisas tímidas que se abrían como un horno cálido.

Gente que, mientras amasaba, empezaba a contar algo que nunca había dicho en voz alta.
Y en ese instante uno entiende que la cocina tiene un poder que ninguna política pública debería subestimar: transforma sin hacer ruido.
Hacer pan en comunidad es un acto político en su sentido más profundo: nos humaniza.
Nos acerca.
Nos vuelve prójimos.
La harina no distingue historias; la masa nos necesita a todos por igual.

Y ahí, en ese gesto simple —amasar con otros— aparece algo que en la vida cotidiana escasea: la posibilidad de escucharnos con paciencia, de mirarnos con ternura, de comprender que el dolor ajeno también nos pertenece. Cuando el pan focaccia salió del horno, caliente y vivo, pasó algo que me pasa desde siempre: se renovó la esperanza.
Esa esperanza suave, sin estridencias, que aparece cuando el vínculo se vuelve gesto y no discurso.
En este tiempo del año, cuando la prisa amenaza con llevarse todo puesto, agradezco el pan, el fuego y la mesa que compartimos.
Agradezco la posibilidad de cocinar para otros, de escuchar a otros, de ser con otros.
Gracias por estar del otro lado de esta carta.
Gracias por leer.
Gracias por hacer de este espacio un lugar vivo.

Si querés seguir acompañando estas reflexiones, o si te dan ganas de conocer lo que hago alrededor del fuego —talleres, cenas, escritos, experiencias— te invito a visitar mi casa digital y suscribirte en el newsletter: www.lolovlem.com
Ojalá que diciembre traiga pan dulce, manos juntas y la certeza de que siempre podemos volver a ser prójimos.
Un abrazo grande,