Una vez al mes abro mi mesa en formato de restaurante íntimo. No hay carta ni menú fijo: cada cena es única, pensada para ese encuentro y esas personas. Cocino lo que quiero compartir y lo que dicta la estación, alrededor de una mesa pequeña, como en casa. No se trata solo de comer, sino de ser parte de un ritual íntimo donde el fuego, la estación y la charla marcan el ritmo de la noche.
De vez en cuando llevo mi cocina a celebraciones de hasta 60 personas. No son banquetes masivos, sino encuentros diseñados como un traje a medida. Cada plato y cada detalle buscan que el evento se recuerde más por lo vivido que por lo servido. La cocina se convierte en escenario de la memoria: aromas, texturas y brindis que quedan grabados como parte de la celebración.
Cuando presento un libro, no explico recetas paso a paso. Cocino mientras hablamos de la cocina como memoria, identidad o acto político. Son encuentros donde el humo cuenta historias, los ingredientes se vuelven personajes y la mesa se transforma en un espacio de conversación compartida. Siempre que puedo, sumo productos y productores locales, porque creo en la desindustrialización del plato y en el valor de lo cercano.
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Soy Lolo Vlem, un apasionado de la cocina que busca conectar los sabores auténticos con las personas.
Muchas veces el problema no es lo que hacés. Es cómo lo sostenés. Veo personas con talento. Con oficio. Con una relación profunda con lo que hacen. Y aun así, viven cansadas. Desordenadas. Con la sensación de que todo depende de ellas y que, si frenan un poco, se cae todo.
Cocinar bien no alcanza para vivir de la cocina. Decirlo no es rendirse. Decirlo es empezar a ordenar. Durante mucho tiempo esa frase incomodó. Porque parece una traición al oficio. Como si aceptar que hace falta algo más fuera negar la vocación.