
Hola,
Soy Lolo Vlem. Cocinero, escritor y editor. Y alguien que cree —profundamente— que los libros no se fuerzan: aparecen cuando una historia ya no quiere seguir andando sola. Cada domingo escribo esta carta para compartir procesos, dudas y fuegos que se encienden despacio.
A veces el libro aparece sin avisar.
No como un archivo prolijo, sino como un montón de papeles sueltos, cuadernos manchados, recetas escritas al dorso de una factura, notas de voz grabadas a las apuradas entre un servicio y otro.
Y uno sabe —aunque no lo diga en voz alta— que ahí hay algo que pide quedarse.
Lo vi muchas veces.
Y me pasó a mí también.
Recuerdo libros que empezaron como una pregunta sencilla: ¿qué pasa si escribo esto para que no se pierda?
Después vinieron los miedos, las dudas, el ruido de afuera.
ISBN, diseño, impresión, tapas, correcciones.
Palabras que caen todas juntas, como si alguien tirara de golpe una caja entera sobre la mesa.
Ahí suele aparecer la sensación de soledad.
Como si escribir un libro fuera un cruce que hay que hacer sin mapa, de noche y con poco fuego.
Con los años entendí que el problema no es no saber, sino no saber por dónde empezar.
Porque cuando el orden falta, hasta la idea más linda se enfría.
Y cuando el orden aparece, el libro empieza a caminar solo.
He visto libros nacer de una charla después de una clase, de una receta que alguien enseñó mil veces sin escribir nunca, de una historia de familia que se repetía siempre igual alrededor de la mesa.
Libros que no querían ser best sellers, sino testigos.
Pequeños fuegos encendidos para que otros encuentren calor.
Publicar un libro de cocina no es resolver trámites.
Es sentarse a escuchar lo que uno viene cocinando hace años.
Ordenarlo con cuidado.
Respetar los tiempos.
Y entender que no todo se hace junto ni apurado.
Por eso sigo creyendo en los procesos acompañados.
En la charla lenta.
En el fuego que no se apaga.
En los libros que se hacen como se hacen las buenas comidas: con tiempo, con criterio y con alguien al lado que sepa cuándo avivar las brasas y cuándo dejarlas estar.
No escribo esto para empujar nada.
Lo escribo porque sé que muchos cocineros cargan historias que merecen quedar.
Y porque, cuando el libro aparece, no conviene hacerlo caminar solo.
A veces alcanza con eso: quedarse un rato más cerca del fuego
y dejar que la historia termine de contarse.
Si querés conocer más sobre este trabajo —los libros, los procesos, las charlas y todo lo que se cocina alrededor de la edición— te invito a pasar por mi casa digital: www.lolovlem.com
Gracias por leerme.
Gracias por quedarte un rato más junto al fuego.
Un abrazo grande,
Lolo