Hola,
Soy Lolo Vlem. Cocinero, escritor y editor. Y alguien que, desde hace años, observa con atención lo que pasa cuando la cocina deja de ser solo pasión y empieza a chocar con la vida real.
Cada viernes, durante las próximas semanas, voy a escribir sobre esto: cocinar y emprender sin perderse en el camino.
Hace años que veo la misma escena repetirse.
Personas que cocinan bien.
Muy bien.
Personas que trabajan mucho.
Que se esfuerzan.
Que ponen el cuerpo.
Y aun así viven cansadas.
Desordenadas.
Con la sensación de estar siempre corriendo atrás de algo que nunca terminan de alcanzar.
No es falta de talento.
No es falta de compromiso.
Y casi nunca es falta de ganas.
Muchas veces es algo más simple —y más difícil— de aceptar:
nadie les enseñó a convertir la cocina en un proyecto sostenible.
Nos enseñaron a cocinar.
A respetar técnicas.
A cuidar el producto.
A dar lo mejor en cada plato.
Pero casi nadie nos enseñó a ordenar el trabajo.
A ponerle nombre al tiempo.
A separar lo urgente de lo importante.
A pensar la cocina como un proyecto de vida y no solo como una sucesión de servicios.
Cocinar bien no alcanza para vivir de la cocina.
Decirlo no es rendirse.
Decirlo es empezar a ordenar.
Durante mucho tiempo esa frase incomodó.
Porque parece una traición al oficio.
Como si aceptar que hace falta algo más fuera negar la vocación.
Con los años entendí que es exactamente al revés.
Ordenar es una forma de respeto.
Poner estructura es una forma de cuidado.
Pensar la cocina como emprendimiento no la vuelve fría: la vuelve posible.
Vi a muchos cocineros agotarse no por cocinar, sino por no tener sistema.
Por no saber cuánto cobrar.
Por no saber decir que no.
Por no distinguir trabajo de vida.
Por amar tanto la cocina que se olvidaron de cuidarse a sí mismos.
Y cuando uno no tiene palabras para explicar lo que le pasa, aparece la soledad.
La idea de que “soy el único al que le cuesta”.
De que “algo debo estar haciendo mal”.
Por eso escribo esta carta.
No para dar respuestas cerradas.
No para ofrecer soluciones mágicas.
Solo para ponerle nombre a lo que pasa.
Porque cuando uno le pone nombre a lo que vive, deja de sentirse solo.
En las próximas semanas voy a seguir escribiendo sobre esto:
sobre ordenar la cocina sin perder el alma, sobre emprender sin dejar la piel en cada intento, sobre construir proyectos reales desde el oficio, sobre aprender a ser cocinero… y también emprendedor.
No como dos mundos separados, sino como partes de la misma mesa.
Gracias por leerme.
Gracias por quedarte en esta conversación que recién empieza.
Si querés seguir este recorrido, te invito a pasar por mi casa digital:
www.lolovlem.com
Ahí se está gestando todo este mundo que llamo Cocina y Emprende.
Despacio.
Con método.
Y con el mismo fuego de siempre.
Un abrazo grande,
Lolo