Todas las historias tienen un lugar donde empiezan.
Hace muchos años entendí que la cocina nunca hablaba solamente de comida. Mientras otros discutían recetas, yo me quedaba mirando otra cosa. Las conversaciones que empezaban cuando los platos estaban vacíos y nadie tenía apuro por levantarse de la mesa. Los silencios compartidos. La manera en que una receta podía conservar la voz de alguien que ya no estaba. Una puerta vieja que seguía abriéndose después de cincuenta años. Y una libreta escrita a mano donde todavía parecía secarse la tinta. Con el tiempo entendí que la cocina era apenas el la puerta de entrada. Desde entonces escribo. Algunas llegan convertidas en libros. Otras viajan dentro de un sobre. Otras llegan una tarde cualquiera en el correo electrónico. Y, de vez en cuando, simplemente suceden alrededor de una mesa compartida.
Con el tiempo descubrí que todo lo que hago intenta responder la misma pregunta..
Escribir historias que merezcan ser leídas despacio.